04 septiembre 2011
Violeta
31 mayo 2011
Imaginería
09 mayo 2011
Extracto de la "Teoría y juego del duende" F.G.L

"[...]De modo sencillo, con el registro que en mi voz poética no tiene luces de maderas, ni recodos de cicuta, ni ovejas que de pronto son cuchillos de ironías, voy a ver si puedo daros una sencilla lección sobre el espíritu oculto de la dolorida España.
El que está en la piel de toro extendida entre los Júcar, Guadalete, Sil o Pisuerga (no quiero citar a los caudales junto a las ondas color melena de león que agita el Plata), oye decir con medida frecuencia: "Esto tiene mucho duende". Manuel Torres, gran artista del pueblo andaluz, decía a uno que cantaba: "Tú tienes voz, tú sabes los estilos, pero no triunfaras nunca, porque tú no tienes duende".
En toda Andalucía, roca de Jaén y caracola de Cádiz, la gente habla constantemente del duende y lo descubre en cuanto sale con instinto eficaz. El maravilloso cantaor El Lebrijano, creador de la Debla, decía: "Los días que yo canto con duende no hay quien pueda conmigo"; la vieja bailarina gitana La Malena exclamó un día oyendo tocar a Brailowsky un fragmento de Bach: "¡Ole! ¡Eso tiene duende!", y estuvo aburrida con Gluck y con Brahms y con Darius Milhaud. Y Manuel Torres, el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido, dijo, escuchando al propio Falla su Nocturno del Generalife, esta espléndida frase: "Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende". Y no hay verdad más grande.
Estos sonidos negros son el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte. Sonidos negros dijo el hombre popular de España y coincidió con Goethe, que hace la definición del duende al hablar de Paganini, diciendo: "Poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica".
Así, pues, el duende es un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar. Yo he oído decir a un viejo maestro guitarrista: "El duende no está en la garganta; el duende sube por dentro desde la planta de los pies". Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir, de viejísima cultura, de creación en acto.
Este "poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica" es, en suma, el espíritu de la sierra, el mismo duende que abrazó el corazón de Nietzsche, que lo buscaba en sus formas exteriores sobre el puente Rialto o en la música de Bizet, sin encontrarlo y sin saber que el duende que él perseguía había saltado de los misteriosos griegos a las bailarinas de Cádiz o al dionisíaco grito degollado de la siguiriya de Silverio.
Así, pues, no quiero que nadie confunda al duende con el demonio teológico de la duda, al que Lutero, con un sentimiento báquico, le arrojó un frasco de tinta en Nuremberg, ni con el diablo católico, destructor y poco inteligente, que se disfraza de perra para entrar en los conventos, ni con el mono parlante que lleva el truchimán de Cervantes, en la comedia de los celos y las selvas de Andalucía.
No. El duende de que hablo, oscuro y estremecido, es descendiente de aquel alegrísimo demonio de Sócrates, mármol y sal que lo arañó indignado el día en que tomó la cicuta, y del otro melancólico demonillo de Descartes, pequeño como almendra verde, que, harto de círculos y líneas, salió por los canales para oír cantar a los marineros borrachos.
Todo hombre, todo artista llamará Nietzsche, cada escala que sube en la torre de su perfección es a costa de la lucha que sostiene con un duende, no con un ángel, como se ha dicho, ni con su musa. Es preciso hacer esa distinción fundamental para la raíz de la obra.
El ángel guía y regala como San Rafael, defiende y evita como San Miguel, y previene como San Gabriel.
El ángel deslumbra, pero vuela sobre la cabeza del hombre, está por encima, derrama su gracia, y el hombre, sin ningún esfuerzo, realiza su obra o su simpatía o su danza. El ángel del camino de Damasco y el que entró por las rendijas del balconcillo de Asís, o el que sigue los pasos de Enrique Susson, ordena y no hay modo de oponerse a sus luces, porque agita sus alas de acero en el ambiente del predestinado.
La musa dicta, y, en algunas ocasiones, sopla. Puede relativamente poco, porque ya está lejana y tan cansada (yo la he visto dos veces), que tuve que ponerle medio corazón de mármol. Los poetas de musa oyen voces y no saben dónde, pero son de la musa que los alienta y a veces se los merienda. Como en el caso de Apollinaire, gran poeta destruido por la horrible musa con que lo pintó el divino angélico Rousseau. La musa despierta la inteligencia, trae paisaje de columnas y falso sabor de laureles, y la inteligencia es muchas veces la enemiga de la poesía, porque imita demasiado, porque eleva al poeta en un bono de agudas aristas y le hace olvidar que de pronto se lo pueden comer las hormigas o le puede caer en la cabeza una gran langosta de arsénico, contra la cual no pueden las musas que hay en los monóculos o en la rosa de tibia laca del pequeño salón.
Ángel y musa vienen de fuera; el ángel da luces y la musa da formas (Hesíodo aprendió de ellas). Pan de oro o pliegue de túnicas, el poeta recibe normas en su bosquecillo de laureles. En cambio, al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre.
Y rechazar al ángel y dar un puntapié a la musa, y perder el miedo a la fragancia de violetas que exhale la poesía del siglo XVIII y al gran telescopio en cuyos cristales se duerme la musa enferma de límites.
La verdadera lucha es con el duende.
Se saben los caminos para buscar a Dios, desde el modo bárbaro del eremita al modo sutil del místico. Con una torre como Santa Teresa, o con tres caminos como San Juan de la Cruz. Y aunque tengamos que clamar con voz de Isaías: "Verdaderamente tú eres Dios escondido", al fin y al cabo Dios manda al que lo busca sus primeras espinas de fuego.
Para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio. Solo se sabe que quema la sangre como un tópico de vidrios, que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida, que rompe los estilos, que hace que Goya, maestro en los grises, en los platas y en los rosas de la mejor pintura inglesa, pinte con las rodillas y los puños con horribles negros de betún; o que desnuda a Mosén Cinto Verdaguer con el frío de los Pirineos, o lleva a Jorge Manrique a esperar a la muerte en el páramo de Ocaña, o viste con un traje verde de saltimbanqui el cuerpo delicado de Rimbaud, o pone ojos de pez muerto al conde Lautréamont en la madrugada del boulevard.
Los grandes artistas del sur de España, gitanos o flamencos, ya canten, ya bailen, ya toquen, saben que no es posible ninguna emoción sin la llegada del duende. Ellos engañan a la gente y pueden dar sensación de duende sin haberlo, como os engañan todos los días autores o pintores o modistas literarios sin duende; pero basta fijarse un poco, y no dejarse llevar por la indiferencia, para descubrir la trampa y hacerle huir con su burdo artificio.
Una vez, la "cantaora" andaluza Pastora Pavón, La Niña de los Peines, sombrío genio hispánico, equivalente en capacidad de fantasía a Goya o a Rafael el Gallo, cantaba en una tabernilla de Cádiz. Jugaba con su voz de sombra, con su voz de estaño fundido, con su voz cubierta de musgo, y se la enredaba en la cabellera o la mojaba en manzanilla o la perdía por unos jarales oscuros y lejanísimos. Pero nada; era inútil. Los oyentes permanecían callados.
Allí estaba Ignacio Espeleta, hermoso como una tortuga romana, a quien preguntaron una vez: "¿Cómo no trabajas?"; y él, con una sonrisa digna de Argantonio, respondió: "¿Cómo voy a trabajar, si soy de Cádiz?"
Allí estaba Eloísa, la caliente aristócrata, ramera de Sevilla, descendiente directa de Soledad Vargas, que en el treinta no se quiso casar con un Rothschild porque no la igualaba en sangre. Allí estaban los Floridas, que la gente cree carniceros, pero que en realidad son sacerdotes milenarios que siguen sacrificando toros a Gerión, y en un ángulo, el imponente ganadero don Pablo Murube, con aire de máscara cretense. Pastora Pavón terminó de cantar en medio del silencio. Solo, y con sarcasmo, un hombre pequeñito, de esos hombrines bailarines que salen, de pronto, de las botellas de aguardiente, dijo con voz muy baja: "¡Viva París!", como diciendo: "Aquí no nos importan las facultades, ni la técnica, ni la maestría. Nos importa otra cosa".
Entonces La Nina de los Peines se levantó como una loca, tronchada igual que una llorona medieval, y se bebió de un trago un gran vaso de cazalla como fuego, y se sentó a cantar sin voz, sin aliento, sin matices, con la garganta abrasada, pero... con duende. Había logrado matar todo el andamiaje de la canción para dejar paso a un duende furioso y abrasador, amigo de vientos cargados de arena, que hacía que los oyentes se rasgaran los trajes casi con el mismo ritmo con que se los rompen los negros antillanos del rito, apelotonados ante la imagen de Santa Bárbara.
La Niña de los Peines tuvo que desgarrar su voz porque sabía que la estaba oyendo gente exquisita que no pedía formas, sino tuétano de formas, música pura con el cuerpo sucinto para poder mantenerse en el aire. Se tuvo que empobrecer de facultades y de seguridades; es decir, tuvo que alejar a su musa y quedarse desamparada, que su duende viniera y se dignara luchar a brazo partido. ¡Y cómo cantó! Su voz ya no jugaba, su voz era un chorro de sangre digna por su dolor y su sinceridad, y se abría como una mano de diez dedos por los pies clavados, pero llenos de borrasca, de un Cristo de Juan de Juni.
La llegada del duende presupone siempre un cambio radical en todas las formas sobre planos viejos, da sensaciones de frescura totalmente inéditas, con una calidad de rosa recién creada, de milagro, que llega a producir un entusiasmo casi religioso.
En toda la música árabe, danza, canción o elegía, la llegada del duende es saludada con enérgicos "¡Alá, Alá!", "¡Dios, Dios!", tan cerca del "¡Olé!" de los toros, que quién sabe si será lo mismo; y en todos los cantos del sur de España la aparición del duende es seguida por sinceros gritos de "¡Viva Dios!", profundo, humano, tierno grito de una comunicación con Dios por medio de los cinco sentidos, gracias al duende que agita la voz y el cuerpo de la bailarina, evasión real y poética de este mundo, tan pura como la conseguida por el rarísimo poeta del XVII Pedro Soto de Rojas a través de siete jardines o la de Juan Calímaco por una temblorosa escala de llanto.
Naturalmente, cuando esa evasión está lograda, todos sienten sus efectos: el iniciado, viendo cómo el estilo vence a una materia pobre, y el ignorante, en el no sé qué de una autentica emoción. Hace años, en un concurso de baile de Jerez de la Frontera se llevó el premio una vieja de ochenta años contra hermosas mujeres y muchachas con la cintura de agua, por el solo hecho de levantar los brazos, erguir la cabeza y dar un golpe con el pie sobre el tabladillo; pero en la reunión de musas y de ángeles que había allí, bellezas de forma y bellezas de sonrisa, tenía que ganar y ganó aquel duende moribundo que arrastraba por el suelo sus alas de cuchillos oxidados.
Todas las artes son capaces de duende, pero donde encuentra más campo, como es natural, es en la música, en la danza y en la poesía hablada, ya que estas necesitan un cuerpo vivo que interprete, porque son formas que nacen y mueren de modo perpetuo y alzan sus contornos sobre un presente exacto.
Muchas veces el duende del músico pasa al duende del intérprete y otras veces, cuando el músico o el poeta no son tales, el duende del intérprete, y esto es interesante, crea una nueva maravilla que tiene en la apariencia, nada más, la forma primitiva. Tal el caso de la enduendada Eleonora Duse, que buscaba obras fracasadas para hacerlas triunfar, gracias a lo que ella inventaba, o el caso de Paganini, explicado por Goethe, que hacía oír melodías profundas de verdaderas vulgaridades, o el caso de una deliciosa muchacha del Puerto de Santa María, a quien yo le vi cantar y bailar el horroroso cuplé italiano O Mari!, con unos ritmos, unos silencios y una intención que hacían de la pacotilla italiana una aura serpiente de oro levantado. Lo que pasaba era que, efectivamente, encontraban alguna cosa nueva que nada tenía que ver con lo anterior, que ponían sangre viva y ciencia sobre cuerpos vacíos de expresión.
Todas las artes, y aun los países, tienen capacidad de duende, de ángel y de musa; y así como Alemania tiene, con excepciones, musa, y la Italia tiene permanentemente ángel, España está en todos tiempos movida por el duende, como país de música y danza milenaria, donde el duende exprime limones de madrugada, y como país de muerte, como país abierto a la muerte.
En todos los países la muerte es un fin. Llega y se corren las cortinas. En España, no. En España se levantan. Muchas gentes viven allí entre muros hasta el día en que mueren y los sacan al sol. Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún sitio del mundo: hiere su perfil como el filo de una navaja barbera. El chiste sobre la muerte y su contemplación silenciosa son familiares a los españoles. Desde El sueño de las calaveras, de Quevedo, hasta el Obispo podrido, de Valdés Leal, y desde la Marbella del siglo XVII, muerta de parto en mitad del camino, que dice:
cubriendo el caballo está.
Las patas de tu caballo
echan fuego de alquitrán...
al reciente mozo de Salamanca, muerto por el toro, que clama:
amigos, yo estoy muy malo.
Tres pañuelos tengo dentro
y este que meto son cuatro...
hay una barandilla de flores de salitre, donde se asoma un pueblo de contempladores de la muerte, con versículos de Jeremías por el lado más áspero, o con ciprés fragante por el lado más lírico; pero un país donde lo más importante de todo tiene un último valor metálico de muerte.
La cuchilla y la rueda del carro, y la navaja y las barbas pinchonas de los pastores, y la luna pelada, y la mosca, y las alacenas húmedas, y los derribos, y los santos cubiertos de encaje, y la cal, y la línea hiriente de aleros y miradores tienen en España diminutas hierbas de muerte, alusiones y voces perceptibles para un espíritu alerta, que nos llama la memoria con el aire yerto de nuestro propio tránsito. No es casualidad todo el arte español ligado con nuestra sierra, lleno de cardos y piedras definitivas, no es un ejemplo aislado la lamentación de Pleberio o las danzas del maestro Josef María de Valdivieso, no es un azar el que de toda la balada europea se destaque esta amada española:
¿cómo no me miras, di?
-Ojos con que te miraba
a la sombra se los di
-Si tú eres mi linda amiga,
¿cómo no me besas, di?
-Labios con que te besaba
a la sierra se los di.
-Si tú eres mi linda amiga,
¿cómo no me abrazas, di?
-Brazos con que te abrazaba
de gusanos los cubrí.
Ni es extraño que en los albores de nuestra lírica suene esta canción:
moriré
dentro del rosal
matar me han.
Yo me iba, mi madre,
las rosas a coger,
hallara la muerte
dentro del vergel.
Yo me iba, madre,
las rosas a cortar,
hallara la muerte
dentro del rosal.
Dentro del vergel
moriré,
dentro del rosal
matar me han.
Las cabezas heladas por la luna que pintó Zurbarán, el amarillo manteca con el amarillo relámpago del Greco, el relato del padre Sigüenza, la obra íntegra de Goya, el ábside de la iglesia de El Escorial, toda la escultura policromada, la cripta de la casa ducal de Osuna, la muerte con la guitarra de la capilla de los Benaventes en Medina de Rioseco, equivalen a lo culto en las romerías de San Andrés de Teixido, donde los muertos llevan sitio en la procesión, a los cantos de difuntos que cantan las mujeres de Asturias con faroles llenos de llamas en la noche de noviembre, al canto y danza de la sibila en las catedrales de Mallorca y Toledo, al oscuro In Recort tortosino y a los innumerables ritos del Viernes Santo, que con la cultísima fiesta de los toros forman el triunfo popular de la muerte española. En el mundo, solamente Méjico puede cogerse de la mano con mi país.
Cuando la musa ve llegar a la muerte cierra la puerta o levanta un plinto o pasea una urna y escribe un epitafio con mano de cera, pero en seguida vuelve a rasgar su laurel con un silencio que vacila entre dos brisas. Bajo el arco truncado de la oda, ella junta con sentido fúnebre las flores exactas que pintaron los italianos del xv y llama al seguro gallo de Lucrecio para que espante sombras imprevistas.
Cuando ve llegar a la muerte, el ángel vuela en círculos lentos y teje con lágrimas de hielo y narciso la elegía que hemos visto temblar en las manos de Keats, y en las de Villasandino, y en las de Herrera, y en las de Bécquer y en las de Juan Ramón Jiménez. Pero ¡qué horror el del ángel si siente una arena, por diminuta que sea, sobre su tierno pie rosado!
En cambio, el duende no llega si no ve posibilidad de muerte, si no sabe que ha de rondar su casa, si no tiene seguridad de que ha de mecer esas ramas que todos llevamos y que no tienen, que no tendrán consuelo.
Con idea, con sonido o con gesto, el duende gusta de los bordes del pozo en franca lucha con el creador. Ángel y musa se escapan con violín o compás, y el duende hiere, y en la curación de esta herida, que no se cierra nunca, está lo insólito, lo inventado de la obra de un hombre.[...]"
F.G.L
06 mayo 2011
Cosas
14 octubre 2010
Mmm
No entiendo, no me entiendo, no te entiendo, no los entiendo, no entiendo a nadie ni a nada. Es como si caramelitos se hubieran pegado entre mis cabellos, y alguien malsano y desgraciado me los estuviera tirando. Me canso.
¡Ay! Y quiesiera hablar, quisiera decir tantas cosas que no puedo decir, y no decir tantas de las que digo. Quisiera darme cuenta de que lo que hago no está mal, pero dudo. Dudo de todo. Dudo de mí, dudo de ustedes, dudo de la vida misma. Dudo de lo que puedo y lo que soy, dudo de lo que quiero, dudo de si existo o no.
Y quisiera tirarme contra la tapia, y olvidarme de todo, nacer de nuevo, no sentir nada.
Quisiera no temerle a mi nombre, quisiera no sentirme avergonzada cuando estoy cerca, quisiera abrazar sin miedo, quisiera mirar sin temer, quisiera, no sé, no sé qué quiero. Eso es lo que pasa. No sé, y no estoy acostumbrada a no saber qué quiero.
Y me siento mala, maldita, un demonio caído. Siento que rasgo la vida, mi vida, vidas. Siento que camino descalza sobre piedras calientes mientras todos saben lo que yo no sé, mientras todos me miran de reojo y no me dicen las cosas a la cara.
No entiendo, no me entiendo, no sé. Creo que quisiera saber.
Sol
10 octubre 2010
Nada más
Dolor y sangre entre mis venas carmesí. Dolor y miedo en mis ojos de rubí.
Quiero ser tan solo nada, y perderme en el espacio gobernado por los cristales del olvido.
Quiero ser olvido, quiero perderme y no escuchar nunca más a estas voces que se toman mi cabeza y me hacen creer cosas que no son verdad.
Tú, yo, el vecino, el hombre que camina por la vereda de enfrente, la señora que lleva entre sus brazos a un niño dormido, la joven enamorada que piensa en su amor imposible, el joven que se clava cuchillos en la carne porque no quiere soñar más. Nada es real.
El niño lleva entre sus manos la pasión olvidada de los hombres.
Pero yo no quiero saber más.
Déjenme sola, déjenme sola en lo alto de una torre con mi voz y mis palabras. Déjenme atada o libre pero siempre encerrada para perderme en mí y no darme cuenta de cuánto duelen estas malditas maquinaciones inútiles de mi cabeza.
Déjenme tallar en las paredes poesías e historias irreales que tienen algo de verdad.
Átenme a la viga, colgada de mis propios cabellos, y abran mis hilos de violeta con cuchillo de plata y anís.
Sólo déjenme, déjenme volar encerrada en paredes sin vértice, sin final.
Todo es infinito.
Déjenme tan solo convertirme en poesía y nada más.
Soledad
24 julio 2008
Pensamientos de la insomnia madrugada
Bañaría tu cuerpo cuando estés enfermo, lo curaría de cada herida que te dañara, de cada dolor, de cada amargura triste que te pesara. Besaría cada golpe, cada recuerdo insano, cada llanto de medianoche, para que así tu sonrisa y tu felicidad vuelvan a aflorar quizá más que en tu historia de antaño.
Te daría la llave de mi corazón, te daría mi tiempo, te daría mi alma y mi cuerpo, te permitiría mirarme hasta lo más profundo de mis ojos y jugar con los seres mágicos de mi interior. Te dejaría abrazarme cuando tenga miedo, en cada tormenta, en cada retumbar de la tierra. Te daría mi mano y mis ojos, para que los cubrieras y me dieras maravillosas sorpresas. Te daría mis pensamientos y volvería a entregarte mis ojos, para que ellos lean las hermosas palabras que me escribirías, te daría mi caminar, para acompañarte hasta el fin del mundo, te daría mi universo entero, para que junto con el tuyo creáramos un nuevo universo. Todo esto te lo daría, y te lo doy, pero…
Pero mi mente está atada, mis manos encadenadas, mi voz dormida…
Tus manos atadas, tu mente encadenada, tu voz silencia.
Y el pesar nos cubre, el pesar nos abruma, el pesar y el dolor.
Pero todo mi universo, todo mi amor, todos mis sueños y realidades son tuyas, yo vivo en ti así como tú vives en mí, y así será siempre. No me sueltes la mano, no dejes que el aire se cuele en mi cuerpo y me estremezca al punto de que mi carne se enfríe para siempre, así como yo no te soltaré jamás, y no dejaré que caigas al abismo, por lo menos no sin mí. Me gustaría, me gustaría, me gustaría estar en este momento a tu lado, cobijándote entre mis brazos, entre mis piernas, acariciándote los cabellos, amándote para siempre.
Desvaríos enterrados en un mar de aire.
Qui
Quie
Quiero
Perderme y no volver más a las lágrimas saladas que son más grandes que el mar.
Lágrimas amargas que nos corrompen,
que nos
destruyen en esta prisión infinitamente inaúdita.
No lo entiendo,
Yo te canto,
con mi voz dormida.
Cierro mis ojos,
y la tierra me hunde entre sus brazos maternos.
Quiero
qui
Quie
quiero
Quiero dejar de ahogarme en este cubo lleno de oxígeno,
quiero dejar de enceguecerme con la luna,
y dejar de caminar a tientas mientras ilumina el sol.
Quiero,
enterrarme en el mar...
Y nadar en la arena.
Una cuerda amarrada a mi cuello,
mientras tus brazos me sostienen desde lejos,
una cuerda,
heridas moradas,
alrededor de mi cuello,
y tus brazos que intentan sostenerme desde lejos.
Es que caigo,
la marea arrastra mis miembros,
Yo no
soy
los ojos
del viento.
Soy solo el amor que se quiere quedar dormida debajo de tu cama, en tu puerta, blanca, en tu almohada, en tu perfumar de hombre, en tu silencio, en tu música, en tu mirada, en tu dolor, en tu corazón sangrante, en tu respirar tibio, en tu bostezo de cada mañana, en tu pijama con olor a sueño, en tu verdad y en tu mentira, en tu voz y en tu silencio...
Soy el amor, acorralado por tus cadenas...
Soy tu amor,
soy la vida que reside en tu mirar,
soy tú,
Soy el grano de arena que quiere ser tu universo...
La cuerda duele,
pero no me impide amarte.
29 junio 2008
Maquinaciones peligrosas de una mente enradada de ideas incoherentes cuando usted quiera.
Tengo los ojos enguajados en silencio, tengo
mi voz incrustada en los recuerdos.
No tengo más que letras desordenadas en mi cabeza, con las cuales lucho, las desenredo, me enredo en ellas.
Todo
esto
es
una maraña incontrolable.
Quiero romper las palabras, y volveras a unir,
quiero que su forma tan perfecta se destruya mientras mi voz deja de estar incrustada,
mientras mis ojos lograr hablar, mientras yo salgo de este sopor q u e m e a p r i s i o n a.
Quiero ser pintura, y pasmarme en un lienzo frío,
inundar con mi tonalidad cada recóndito de una habitación, de una mirada, de una plabra, de una voz.
S ILENC IO
se oye
Se desenreda entre mis cabellos, las estrellas,
y las palabras incoherentes.
Oso escribir lo primero que se me queda entre la unión de cables no metálicos, dentro de esta pelota de carne llamada cabeza.
Soy el universo
y la posibilidad de ser infinita.
Me escaubullo por entre las posibilidades,
por entre las ideas,
por entre las maquinaciones de mi cabeza,
de mi cerebro,
del alma.
Yo soy como un pedazo de piedra abandonada en medio de un camino...
lleno de agua
las cuencas.
En fin, las madejas de lana experimentalmente ideales y pensamientales se enredan (y chocan) nuevamente dentro de mi cabeza
¡Quiero poder gritar sin voz!
con Vos
Con la tierra...
Soy la disociación, la fisura marina, entre el agua de río y la tiera desértica.
Me pierdo bajo las raíces de los árboles de aire.
Y me quedo,
quieta,
quedando
en la quietud
de tu quietud
Soy... La marea de arena
el viento de la luna,
la luminosidad de plutón,
la oscuridad del sol.
Simples tormentas de rayos en medio del vacío de un vaso sellado.
Me quedo
,
Me
te
fin
o comienzo.
Soy un ideal prehistórico, hispánico europeo.
Fin
SOy...
No lo sé.
¿Belleza engarzada en una nada experimental?
21 mayo 2008
Infinito
sumergirme y llorar de felicidad mientras esta explosión me quema de a poco...
Deja...
esconderme entre tus brazos,
ahogarme con tu aroma,
llorar esta felicidad,
hundirme en ti.
Quiero...
mezclarme con las nubes,
rogarle al tiempo que se detenga,
hablar con los dioses cautivos...
sentirte... tan cerca... tan, cer ca...
Tómame...
Tó
ma
me
las manos,
y besa mis labios con tu pasión intranquila...
Que aquí estoy, cautiva,
que ya te echo de menos,
que me hundo en la melancolía,
al no ver tus ojos de estrellas...
Somos parte de la infinitud
somos la infinitud
el universo celeste que cobija nuestros sueños,
déjame ser agua para saciar tu sed,
brisa para calmar tu respiro...
Quiero ser árbol para darte sombra,
para cobijarte entre mis raíces y unirme en la felicidad de la tierra...
Somos cada semilla
cada sol
cada extrella
cada galaxia de esta eternidad constante...
No deseo más
que cerrar los ojos y unirme con el universo de tu presencia...
Te quiero infinito...
19 mayo 2008
De Gioconda Belli
Inventaremos nuestro propio idioma
"Inventaremos nuestro propio idioma,
mi amor,
y se nos crecerán los ojos.
Veremos cosas que nadie nunca ha visto:
caminos entre las nubes,
canciones en los trigales.
Le veremos los fustanes al viento,
las bocas con que besa el agua,
andaremos sueltos,
descalzos,
desnudos,
como invisibles duendes.
Llenaremos de palabras y risa
las paredes del mundo
mientras vamos vertiendo el amor de nuestros cuerpos
gorgojeando,
aguahablando,
cho
rre
án
do
nos
como las fuentes. "
Pd para vos: Gracias por mostrarme la hermosa poesía de esta poetisa, de verdad gracias :)
18 mayo 2008
Sin título
Duermo mientras tu alma vaga solitaria,
duermo,
duermo mientras tu música entra por cada poro de mi piel
y se asienta suave en mis amores.
Duermo,
duermo y no duermo a la vez
pues estar despierta se asemeja al sueño del deseo,
del amor incontrolable desde la lejanía de nuestro cuerpos.
Duermo,
pero mis pensamientos despiertos te piensan desde mi estaticidad tranquila,
te espero,
y me entierro bajo las raíces de los árboles viejos,
para absorver la energía de tus sueños,
para sumergirme en tus ojos,
para sumergirme y nadar por tus palabras.
Cubre mi cuerpo con tu voz,
que tus palabras sean el agua que purifica mis latidos,
que tus latidos sean el compás de mis movimientos,
toca mis labios con tus manos de música,
mece mis cabellos con la brisa que sale de tus dedos...
Deja que las estrellas toquen mi piel, y que su brillo fulgurante destroce mis miedos...
Mis miedos ennegrecidos, corazón palpante...
¿Hacia dónde caminas y hacia dónde vas?
Me quedo sola dentro del cristal...
Mi cuerpo está frío, mis labios están fijos...
¿Por qué ya no puedo hablar?
Y mis ojos parecieran que se hubiesen bañado en vidrio
¿Por qué mis venas parecen ramas secas de un árbol marchito?
Tengo frío,
y pareciese que la muerte se hubiera posado sobre mi canto...
Un beso basta, amor
basta un beso...
Para que las venas vuelvan a ser torrente de amores,
para que mis labios vuelvan a sangrar almas,
para que mi cuerpo vuelva a danzar mientras tu corazón late.
Amor te espero,
aunque sea bajo frías lluvias de dolores,
o bajo soles de fuego apasionado.
Luces
véndame los ojos,
enséñame tu música.
Déjame caer entre tus brazos,
déjame ser agua y diluirme entre tus dedos...
Que la sangre que corre por tus venas se mezcle con mis pasiones,
Soles resfulgentes en medio de la noche,
el calor de nuestras almas tocándose lejanas...
Un sueño,
la nada,
un sol
y la luna que llora tu lejanía.
Déjame soñar con tus ojos
déjame sentir la luz de tu existencia.
Ven
Ven
Ven
Ven den
Ven dentr
Ven, dentro de mis sueños hay un mundo guardado para ti.
Mi cuerpo se mezcla con la tierra,
mi alma sube hacia el firmamento escondido,
no te vayas
no
no
no me dejes sola mirando las estrellas.
Este frío que rasga mi piel, es el calor que llama a tus bondades.
Querido mío, déjame sentir tu latir suave,
tu respiración pausada,
déjame sentirte desde esta lejanía.
Como si la música retumbara en mi propia imaginería.
Enséñame tu música,
mezcla tus melodías con las mías.
Cae,
déjate cae,
lleva
llévame entre tus brazos de mármol...
Silencio
Silencio
Silencio dentro de mi cabeza, pero es como si un grito saliera de mis entrañas, que no te veo y mis cabellos se entierran en la tierra, esperando, simplemente esperando que las teclas negras de mis pensamientos dejen de saludar al cielo y te traigan aquí, a mi lado, aquí, donde los sonidos se encontrarán cada vez que tus ojos color vida sean la luz de mi camino.
Sol
14 mayo 2008
La rueda de la fortuna
el espejo se rompe,
mi imagen en mil pedazos en el suelo,
mi imagen rasgada por dentro,
hay cosas que ya no importan...
Hay cosas que...
Hay cosas que ya no deben importar...
Mis labios sin color,
mi imagen rasgada,
mi imagen,
alma,
mi imagen sin ti.
Mi boca cerrada,
mis labios sin ti...
Y así es la vida, a veces la ruleta de la fortura gira hacia la dirección equivocada.
Sol
11 mayo 2008
No sé nada, no lo, no yo, no lo sé no.
No
No
No pue
No puedo
No puedo p
No puedo pro
No puedo pronun
No puedo pronunciar
No puedo pronunciar pa
No puedo pronunciar pala
No puedor pronunciar palabra
sin que mis ojos se quieran ir divagando por el espcio sideral de estrellas plateades entre mis dedos, dolor dentro de la nada y aroma a dolor dentro de esa misma nada, el dolor no tiene aroma, más que nuestros propios pensamientos convertidos en rosas, hay ciertos caminos que se nos trazan y yo ya no puedo seguir caminando sobre estas piedras, que me raspan el alma, nada me corrompe en realidad, solo tus palabras, solo tu mirada, solo tus manos, tu alma, tu nada de voz, tu...
Yo
Yo Yo
Yo no
Yo yo yo no
Yo yo no
Yo no qui
Yo no quiero
Yo no quiero ser solo una amiga, ni tampoco una suave nube sola rodando por el cielo, quiero ser estrella en los caminos, luz en las esferas olvidadas, alma y espíritu, quiero estar cerca de tus pensamientos, de tu, de tu, de tu, de tu querer...
Yo no sé, quiero una ¿señal? Ams ems, qwertyuiopasdfghjklñzxcvbnm,.mklopnjivbghyu eso
10 mayo 2008
Imaginerías inexistentes
¡¡No soy un desperdicio de la humanidad!! O no quiero serlo, no quiero verme revuelta en esa ruleta de emociones que te hace jugar, y te bota, y luego te alza en la belleza pura para luego mentirte y corromperte en la soledad. No soy un desperdicio, no soy un mal, ni un dolor, ni una herida caminante que se postra en la gente. No estoy loca, o no pretendo estarlo, quiero vivir tranquila y en paz, dejarme caer sobre las rosas sin espinas y que su aroma me libere de esta prisión de soledad. Cautiva, cautiva de mis imaginacione,s de mis sueños de mis deseos, dónde está la realidad, dónde está, dónde queda para mí ¿es acaso que debo hundirme en esta imaginería cruel? Dejar que mi cuerpo se contraiga, que mis músculos se tensen, que mi corazón quiera salir volando por mi boca, que mi alma se quede queda, que mi cuerpo no quiera alimentarse más que con las dulces palabras de un amor que quizá no existe. Yo no vivo solo de aire, vivo de algo más... ¿De algo más? Solo quiero vivir en paz, dilucidar las verdades que se encuentran ocultas y acallar esta explosión que me está volviendo loca ¡Desquiciada! Es como si la tierra quisiera alimentarse de mí, y acallar mi lágrimas secas. No, no, no puedo hablar más, las palabras quieres jugar conmigo de nuevo.
Sol
08 mayo 2008
Para no autoconvencerme
06 mayo 2008
¿Silencio?
Silencio, calla.
Enmudece mi frío,
con la locura de tu voz,
con la locura de tu boca.
Boca a boca dejando de sentir el dolor.
A veces pienso que he dejado de existir y que me he hundido en tu alma.
No me comprendo, quiero dejar de pensar en ti pero pareciese que te hubieses incrustado en mi alma.
Déjame, no me dejes, tó ma me, entre tu s bra zos, tómame y bésame, déjame eternamente entre tus bra zos.
Sol